Tierra donde mar y montaña conforman un equilibrio natural perfecto, Cantabria enamora los corazones de todos aquellos apasionados del verdor, el buen comer y la naturaleza viva y en constante eclosión.

La tierruca vive en otoño uno de sus mejores momentos, los paisajes de sus infinitos valles y montañas cambian de tonalidad, las setas comienzan a asomar en el bosque, las cosechas cobran protagonismo en los campos, la vendimia cierra una etapa, los pucheros saben mejor que nunca y los ciervos aclaman a sus hembras en un fascinante espectáculo natural. Cantabria es infinita, he aquí algunas razones para comprobarlo.

Costa cántabra

La privilegiada situación de Cantabria entre las altas cumbres de la cordillera cantábrica y el mar le confieren una belleza extraordinaria en la que se suceden paisajes de mar y montaña, así como un interior digno de postal.

Un magnífico patrimonio natural que da lugar a un entorno sin igual idóneo para la práctica de diversos deportes tales como el surf, el ciclismo, el esquí o el senderismo, rutas gastronómicas (quesos, anchoas, sobaos y mucha cuchara), excursiones por la montaña y visitas culturales por su capital, sus pueblos y sus yacimientos arqueológicos únicos. Son miles los atractivos cántabros en otoño, aquí os dejamos algunos:

1.   
Explorando el sur: setas, historia y deporte

La diversidad de la orografía cántabra ha dado lugar a paisajes de todo tipo y para todos los gustos. A caballo entre la España más verde y la Meseta Castellana, encontramos uno de los lugares más desconocidos por el turismo, Campoo, el sur cántabro. Bosques, praderas, pantanos y sierras forman un paisaje impresionante con hitos tan destacados como el emblemático pico Tresmares de cuyas nieves nacen los ríos Ebro, Pisuerga y Nansa que desembocan respectivamente en el Mediterráneo,  Atlántico y Cantábrico.

Además de naturaleza, encontramos un patrimonio histórico riquísimo con vestigios de la lucha entre cántabros y romanos. Ruinas, ermitas centenarias y santuarios dan paso al comienzo de la ruta del románico que se adentra en la meseta con construcciones míticas de la época.

El otoño es un momento especial para conocer estos parajes. Existen varias rutas de senderismo para recorrer los valles en busca de setas y aire puro para después dar paso al almuerzo en alguno de los pueblos que salpican el valle. Gastronómicamente destacan deliciosos platos de cuchara como las ollas ferroviarias y las exquisitas carnes de la zona.

En Campoo podréis estrenar la temporada de esquí en cuanto caigan las primeras nieves pero hasta entonces, podréis participar en alguna de las actividades que se organizan en Alto Campoo como La Pasá, donde el trekking y el btt se hacen protagonistas de la montaña por un día.

2.   
Cabárceno y la berrea de los ciervos

Osos, elefantes, jirafas, cebras, rinocerontes… más de un centenar de especies viven en plena naturaleza cántabra en el Parque Natural de Cabárceno como si de una pequeña sabana se tratase. Se pueden recorrer en coche sus más de 20 kilómetros de carretera y disfrutar de las maravillosas vistas de los animales viviendo en un hábitat único. Pero también, se puede coger la mochila, la cámara de fotos y un calzado cómodo y recorrer a pie la inmensidad del parque para sentir aún más cerca la espectacular fauna.

Parque Natural de Cabárceno

Ahora en otoño, se produce en la zona ibérica un fenómeno natural único: la berrea de los ciervos. Es fascinante presenciar, como espectador y como oyente, el cortejo del ciervo a la hembra mientras ésta remolonea en busca del macho más fuerte. El berreo incesante del ciervo, que rebota hasta el infinito en el horizonte en medio de este paraje idílico, hace que sientas plenamente la inmensidad de la naturaleza salvaje.

Parque Natural de Cabárceno

3.   
Playas que quitan el sentido

Las playas cántabras son soberbias. En sus más de 220km de costa, Cantabria cuenta con 90 playas que hacen las delicias de los más apasionados del mar.

Costa cántabra

La cercanía del litoral a las montañas ha dado lugar a una geografía costera escarpada con impresionantes acantilados y playas donde los pastos llegan hasta el mismísimo borde de la arena. Grandes, pequeñas, abruptas, urbanas, tranquilas o abiertas al mar, las playas cántabras son un paraíso natural digno de contemplar en cualquier época del año.

El otoño es un momento idóneo para pasear por los arenales, exhalar el intenso aroma marino y disfrutar del movimiento de las olas. Si te gusta el surf es en esta época cuando se producen las mejores mareas para la práctica de tan aclamado deporte.

Resulta casi imposible elegir una. Merón, Gerra u Oyambre, en la costa occidental cercana a Asturias, son algunas de las más extensas, solitarias y bellas.

Playas cántabras

Si las preferís más urbanas y concurridas, en el mismo Santander se encuentran las playas del Sardinero y alejándonos unos kilómetros de la capital, justo enfrente tenemos el Puntal, Loredo y la playa de Somo, punto estratégico de surferos y escuelas dedicadas a este deporte. En la costa central, hay que destacar Usgo, con un entorno rural magnífico, Cóbreces y Mogro, tranquilas y solitarias y las playas de Comillas y Suances. En la zona más oriental podemos destacar las playas urbanas de Castro Urdiales, Ajo y Noja, y la playa La Salvé, en Laredo.

4.   
Villas marineras

Todo el litoral cántabro está salpicado por pequeñas y hermosas localidades marinas donde el olor a agua salada y la vida pesquera son los protagonistas. La luz del otoño las hace aún más hermosas y, aunque muchas de ellas ya están muy presentes en las rutas y mapas turísticos, no por ello han perdido su belleza y su encanto.

Es el caso de San Vicente de la Barquera donde naturaleza y pueblo se funden, Comillas con su fina arquitectura modernista y el legado artístico de Gaudí, Santoña con su archiconocido puerto y su artesana tradición conservera  (aquí se encuentran las mejores anchoas del universo) y Suances o Castro Urdiales, las más concurridas y frecuentadas pero con su esencia marinera intacta.

Castro Urdiales, Cantabria

5.    Un mundo interior montañoso y delicado

Alejados de la costa, ya en el interior cántabro encontramos entre altas montañas e infinitas praderas, villas y pueblos para vivir la mejor de las escapadas este otoño. Merece la pena hacer una parada en alguna de estas encantadoras poblaciones y disfrutar del entorno y su serenidad.

Montañas cántabras

Mogrovejo, bajo las cumbres de los Picos de Europa, sería el perfecto ejemplo de pueblo pintoresco. Sus casas de piedra centenaria con balcones prominentes y sus calles que nunca han conocido el asfalto encajan a la perfección con el magnífico enclave montañoso.

Otras buenas opciones serían Bárcena Mayor, quizá el pueblo más antiguo de España donde todo es muy rural y muy montañés, ajeno a cualquier innovación estética o Santillana del Mar, que ni es santa, ni es llana, ni tiene mar, pero que es bonita como ella sola. Sus callejuelas se conservan como antaño y tiene casi un restaurante por habitante.

Santillana del Mar, Cantabria

Y Liérganes (con balneario incluido) que atravesado por el río Miera conforma el matrimonio perfecto entre arquitectura tradicional y naturaleza.

6.    Potes, parada obligatoria pre-Picos de Europa

Antes de enfrentarse a las alturas de los Picos de Europa y atreverse a subir al teleférico de Fuente Dé, es parada obligatoria el espectacular pueblo de Potes.

Teleférico de Fuente Dé, Picos de Europa, Cantabria

En un entorno excepcional de altas montañas, agua y piedra se erige este encantador pueblecito entre los ríos Deva y Quiviesa. Sus casas cuyos balcones de madera se asoman al río conforman una de las postales más bellas y perfectas de Potes.

Además, Potes es el centro de una de las comarcas más características de Cantabria, Liébana, cuyo máximo hito culinario, que se puede degustar de forma exquisita en cualquiera de las tascas de Potes, es el cocido lebaniego, rey por antonomasia de los pucheros cántabros.

7.    De tapas por Cañadío, Santander

No nos podíamos olvidar de la capital cántabra, señorial y exquisita, además de marchosa y experta en pinchos.

Para este otoño nos decantamos por visitar lo más emblemático de la capital pero sobre todo la propuesta es exprimir al máximo la zona de Cañadío con su plaza, centro neurálgico de todo el jolgorio y sus calles serpenteantes repletas de bares y terrazas para tapear hasta que el cuerpo aguante.

¿Alguna razón más para conocer Cantabria este otoño?

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